JUAN LOYOLA

BIOGRAFÍA

Por años ha sido la calle, la cancha, el escenario, pero por sobre todo, la escuela. No existe salón de cuatro paredes para este oficio, su aula por excelencia es incierta y abierta. Los profesores, mejor llamados maestros, suelen ser familiares o amigos cercanos de toda edad. No existe pizarrón o cuaderno, más que la experiencia y la imitación que registran los cuerpos. Allí se ven los “gallos” a la mirada atenta de los colegas y los antiguos, se pone a prueba la herencia y la “calle”, se guapea entre la percusión y el baile, habilidad unificada en un cuerpo que abre el ruedo.

Reconocido como uno de los mejores exponentes con el chinchín, Juan Loyola Aguilar comenzó a la edad de 3 años a jugar con el oficio que venía de parte de sus tíos y primos, la familia Aravena. Carlos Aravena Aguilar fue su primer maestro, con él aprendió lo necesario para abrirse paso entre guapos y bravos festivos que con el chinchín resistían en una ciudad que tendió a marginarlos o simplemente señalarlos como los sobrevivientes de una época pasada, fuera de lugar. Siempre a prueba por la tradición, sus inicios con el instrumento no fueron fáciles, desde pequeño se vio obligado a trabajar para ayudar en la economía de su hogar, en ocasiones, esta situación lo obligo a distanciarse de su instrumento para desempeñarse como botones en hoteles o reponedor en supermercados, pero ello no impidió que Juan dejara su pasión y devoción por este oficio. Una vez radicado en Valparaíso, su cerro el Polanco, fue testigo del desplante con que Juan abordo a la tradición, enamorándola y haciéndola suya en una eterna danza. Partió tocando sólo, situación que hizo que éste profundizara su práctica en el baile y la percusión del instrumento, ya para ese entonces, examinado cabal y minuciosamente por él. Luego se hizo acompañar de organillos, allí conoció a Carlos Cortes, “el tío Yeyo”, y especialmente a la familia Castillo, exponentes y herederos emblemáticos del cerro Barón con quienes durante años compartió el oficio y más de alguna anécdota.

Con el tiempo, su pasión lo llevo a tocar organillo. El año 2012, gracias a un proyecto apoyado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, inaugura en la plaza Victoria su organillo el cual fue confeccionado por él, faceta que experimenta y aprende en la actualidad.

Juan Loyola Aguilar, como alguno de sus colegas, ha tenido la oportunidad de viajar fuera del país a mostrar su arte. Hoy, es uno de los grandes exponentes de esta cultura viva que desde las pequeñas calles, sale a conquistar las grandes avenidas del mundo.

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Cueca A
Juan Loyola

Se sabe que Juan Guillermo
Que Juan Guillermo Loyola
Vino al mundo bailotiando
Igual que una pirinola.

Por eso a los tres años
El querubín
Ya se lucía bailando
Con su chinchín
Con su chinchín ay si
A todo dar
Con toque inigualable
Lo hacía hablar.

Nació para el tambor
El más mejor.

Nadie olvida el embrujo
De tanto lujo.