CLAUDIO CORTÉS

BIOGRAFÍA

Con más de 30 kilos en su espalda, a sus 61 años Claudio Cortés recorre los cerros y calles de Valparaíso a la vieja usanza, su cuerpo moldeado por el instrumento camina por los cerros que miran al puerto, Cerro las Cañas, Cerro la cruz, Cerro alegre y miradores varios. Junto al “Charleston”, su organillo de más de 100 años, lo apoya en el bastón de madera que carga en uno de sus lados y se para fuera de las casas para tentar a la suerte del día. Rodeado de un ramo de remolinos, chicharras y su loro Pepe, al viento marino dejar salir las melodías del antiguo organillo, para revivir al puerto y su infancia, también para ganar el sustento diario.

Claudio Cortés, apodado como “el tío Yeyo” por sus compañeros de oficio, es quien en su familia inicia la tradición del organillero. Oriundo de Algarrobito, un pequeño pueblo rural al interior de la cuarta región, nació en una familia sencilla.
Claudio Cortés no tuvo una niñez fácil y sí una vida de esfuerzo, su sueño en ese entonces siempre fue poder llegar a conocer y poder recorrer el país, lo cual materializó y consiguió a su encuentro con organillos en el verano de 1968 junto a su cuñado Gustavo Muñoz, con quien recorre las ciudades de Talca, Chillán, Concepción y Los Ángeles. Encantado por la magia de aquellos instrumentos traídos de Europa, Claudio ve la posibilidad de desarrollarse libremente, entregando alegría y arte al mundo, integrándose y haciendo suya una tradición perdida y errante. Es así como en 1970 decide de forma independiente trabajar como organillero, consigue su instrumento por medio de Gustavo Muñoz, el “Charleston”, un antiguo organillo alemán de más de 100 años (de la firma Bacigalupo), el cual había pertenecido a otros organilleros en otros tiempos. Claudio, le dará a éste la posibilidad de seguir vivo para construir lugares y momentos eternos entre los habitantes de la ciudad.

“Estaba yo en mi casa, en La Serena, cuando de repente llego mi cuñado con su organillo. Me propuso que le ayudara a vender los juguetes (pelotas y sapitos de cartón que meten ruido), a cambio de un porcentaje. Como estaba sin hacer nada, acepte y Salí a recorrer mundo”.

Testigo de la felicidad, rápidamente conoció y compartió con otros organilleros emblemáticos como Rene Aravena (“el chico Aravena”), Juan Fuentes, Héctor Lizana Gutiérrez y Sergio Casanova que en esos años se encontraban en plena actividad. Claudio Cortés, quien en un inicio trabajaba solitariamente de forma independiente con su organillo, al poco tiempo se hizo acompañar de chinchineros, Edmundo y Pedro Contreras, Miguel Sepúlveda y otros con los que trabajó en la transitada plaza de Armas de Santiago y la Alameda.

Recorriendo Chile de punta a punta, desde la Tirana hasta Puerto Montt, seguramente Claudio Cortes como muchos de sus compañeros de oficio son los grandes testigos de la festividad popular pagana y religiosa del país, pues como relata Claudio su organillo ha tenido la oportunidad de participar en innumerables fiestas religiosas de pueblos grandes y chicos, remotos como cercanos, ferias populares, aniversarios de ciudades y cuanto evento que aglomere comercio y gente.

En 1973, Claudio Cortés se traslada a vivir a la ciudad de Valparaíso, la cual hace suya desde el Cerro Las Cañas, el mismo que sufriría el 2014 las consecuencias de un devastador incendio que destruiría la casa de este organillero, quien a pesar de perder todo, junto a su esposa pudieron salvar su instrumento y su loro. En un periódico de la ciudad Claudio declaraba, “con el organillo me levanté y con él voy a salir adelante”.

El deseo de infancia de Claudio Cortés por salir a recorrer el mundo y el país, va a más allá de sus anhelos, en 1994 es invitado por el embajador de Chile en Italia a viajar a Roma para mostrar su arte acompañado de la familia Sepúlveda. El 2001, junto a otros organilleros del país participa en la formación de la Corporación Cultural de Organilleros de Chile, la misma que el año 2013 es reconocida como parte de los Tesoros Humanos Vivos del País.

En la actualidad, Claudio Cortés, “el tío Yeyo”, sigue recorriendo con su organillo a la espalda, los cerros y las calles de Valparaíso, alimentando el alma del puerto y la infancia eterna de quienes se resisten al olvido de aquella ciudad pensada en el encuentro entre los ciudadanos.


Lafontaine, Juan; Thomas, Mario; Atria Rodrigo; Silva, Adriana. “Nosotros los chilenos N°5, Así trabajo yo; Los pica sales de Valparaíso; Los trabajadores del cobre de Sewell; Los organilleros y los bombistas”. Quimantu, 1971, Santiago de Chile. p.81.

DATOS DE CONTACTO

+56 9 9171 7703
+032 2232715

Cueca Al Tío Yeyo

De lejos se ve el sonido
De lejos se oye el destello
Si comienza el recorrido
Glorioso del Tio Yeyo

Solo la impertinencia
De una quebrada
Detiene el ritmo terco
De su jornada

De su jornada si
Llega a buen puerto
La nostalgia sencilla
De sus conciertos Cambia su serenata
Por buena plata